El arte de la inmersión cultural (mi segundo verano en África)
I. El síndrome de abstinencia africano y la cruzada del código abierto Vamos a ver si nos entendemos desde el principio: África es como esa exnovia que te destroza el apartamento, te vacía la cuenta corriente y te deja un trauma psicológico severo, pero que tiene un algo en la mirada que hace que, a los tres meses de haber huido de ella jurando en arameo, estés mirando vuelos baratos a Nairobi a las dos de la madrugada con un vaso de whisky en la mano. Después de mi primer verano en el continente negro, el cuerpo me pedía volver con una urgencia casi médica. Y eso que mi bautismo de fuego con Academics Without Borders (AWB) en la Universidad Aga Khan había sido, por decirlo con la diplomacia que me caracteriza, un soberano despropósito. Un fiasco cósmico provocado por un puñado de trajes con corbata y cerebros lisos que habían tomado la decisión estratégica —es decir, estúpida, pero con presupuesto asignado— de gastarse una millonada en un Entorno de Aprendizaje Virtual (VLE) privativo...