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El arte de la inmersión cultural (mi segundo verano en África)

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I. El síndrome de abstinencia africano y la cruzada del código abierto Vamos a ver si nos entendemos desde el principio: África es como esa exnovia que te destroza el apartamento, te vacía la cuenta corriente y te deja un trauma psicológico severo, pero que tiene un algo en la mirada que hace que, a los tres meses de haber huido de ella jurando en arameo, estés mirando vuelos baratos a Nairobi a las dos de la madrugada con un vaso de whisky en la mano. Después de mi primer verano en el continente negro, el cuerpo me pedía volver con una urgencia casi médica. Y eso que mi bautismo de fuego con Academics Without Borders (AWB) en la Universidad Aga Khan había sido, por decirlo con la diplomacia que me caracteriza, un soberano despropósito. Un fiasco cósmico provocado por un puñado de trajes con corbata y cerebros lisos que habían tomado la decisión estratégica —es decir, estúpida, pero con presupuesto asignado— de gastarse una millonada en un Entorno de Aprendizaje Virtual (VLE) privativo...

La llamada de África

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  I. De custodias compartidas, vacíos existenciales y el terror al turista en chanclas Hacía ya tres años que el sacrosanto vínculo del matrimonio se había ido al garete, dejándome con un piso más vacío, una cuenta bancaria más triste y la famosa custodia compartida. La matemática del divorciado en verano es una ciencia lúgubre y exacta: las niñas te tocan quince días, y los otros quince te conviertes en un fantasma arrojado al abismo del tiempo libre. Durante las dos semanas con ellas, eres un animador sociocultural hipervitaminado; pero cuando se van con su madre, te enfrentas a un abismo de dos o tres semanas de «vacaciones de soltero». Para un tipo normal, esto sería jauja. Ibiza, pulseritas de todo incluido, mojitos aguados y el cerebro en coma etílico. Pero a mí nunca me ha gustado ir a los típicos sitios infestados de turistas con quemaduras de tercer grado y calcetines blancos bajo las sandalias. En verano, huir de la horda en celo es estadísticamente imposible en Europa. U...

Abu Dhabi Mon Amour

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  El bucle infinito de la UAB Llevaba treinta y dos años en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Treinta y dos. Eso es más tiempo del que pasan algunos reclusos por delitos de sangre. Mi vida se había convertido en una cinta de Moebius de aburrimiento y rutina. Y miren que a mí me gusta la rutina; soy un hombre que disfruta sabiendo exactamente qué marca de café habrá en la máquina de la facultad, pero aquello ya rozaba la catalepsia existencial. Durante tres décadas, mi existencia fue un calendario circular: empezar las clases en septiembre, preparar apuntes que ya amarilleaban, diseñar actividades de laboratorio donde el material más avanzado era un osciloscopio que probablemente vio la Transición , dirigir doctorandos con crisis de ansiedad, mendigar financiación para proyectos, redactar informes que nadie lee y asistir a reuniones de coordinación donde se coordinaba la nada más absoluta. Todo un lío de responsabilidades que la universidad te echaba encima con la misma g...