El arte de la inmersión cultural (mi segundo verano en África)

I. El síndrome de abstinencia africano y la cruzada del código abierto

Vamos a ver si nos entendemos desde el principio: África es como esa exnovia que te destroza el apartamento, te vacía la cuenta corriente y te deja un trauma psicológico severo, pero que tiene un algo en la mirada que hace que, a los tres meses de haber huido de ella jurando en arameo, estés mirando vuelos baratos a Nairobi a las dos de la madrugada con un vaso de whisky en la mano.


Después de mi primer verano en el continente negro, el cuerpo me pedía volver con una urgencia casi médica. Y eso que mi bautismo de fuego con Academics Without Borders (AWB) en la Universidad Aga Khan había sido, por decirlo con la diplomacia que me caracteriza, un soberano despropósito. Un fiasco cósmico provocado por un puñado de trajes con corbata y cerebros lisos que habían tomado la decisión estratégica —es decir, estúpida, pero con presupuesto asignado— de gastarse una millonada en un Entorno de Aprendizaje Virtual (VLE) privativo, cerrado y elitista. Una porquería de software que cobrava por licencia de usuario, cuando cualquier institución educativa con dos dedos de frente y el más mínimo decoro moral utiliza Moodle.


Moodle es libre. Moodle es abierto. Moodle es lo que usan las mejores universidades del planeta mientras los burócratas de la Aga Khan tiraban el dinero por la ventana para sentirse exclusivos. El bueno de Richard Stallman habría llorado lágrimas de sangre si hubiera visto aquello. Yo intenté hacerles entrar en razón, les expliqué las bondades del código abierto, la soberanía tecnológica y el aprendizaje colaborativo, pero me miraban como si les estuviera proponiendo sacrificar una cabra en el decanato para mejorar la conexión wifi.


A pesar de que aquel proyecto naufragó en las aguas fangosas del software propietario, la gente de AWB quedó encantada conmigo. Al parecer, en el mundillo de la cooperación académica internacional, mantener el tipo, no sufrir un ataque de nervios, no contraer la malaria cerebral y trabajar dieciocho horas al día sin intentar estrangular a ningún rector se considera un éxito rotundo. Un desempeño sobresaliente, dijeron.


Así que, cuando los de AWB me llamaron para proponerme una segunda misión, esta vez en la Universidad de Karatina (KarU), no me lo pensé dos veces. El objetivo básico era el mismo: ayudarles a redactar una propuesta de proyecto de esas que tienen un trillón de apartados para conseguir financiación e implantar, por fin, un VLE en condiciones. Mi día a día iba a ser el día de la marmota versión tropical: VLE, aprendizaje híbrido, pedagogía digital y, por el amor de Dios, Moodle. Siempre Moodle. Mi vida se había convertido en una cruzada evangélica por el software libre en el Valle del Rift.

II. El interregno sentimental: Tinder, pechos geométricos y sociopatía recreativa

El año académico entre mi primer y mi segundo viaje a Kenia transcurrió con esa tranquilidad aburrida y grisácea que precede a los grandes cataclismos biográficos, una calma chicha apenas alterada por el detalle técnico de que mi vida amorosa se había ido al absoluto carajo. María, mi pareja durante el primer viaje, había decidido que mis derivas africanas, mis obsesiones con el código abierto y mi personalidad en general no casaban con su proyecto de vida. Me dejó con la frialdad de un inspector de hacienda y me vi de pronto en el mercado de las carnes a una edad en la que uno ya no está para empezar de cero, pero en la que el sofá de casa se te cae encima con la contundencia de una losa de hormigón.


Así que hice lo que hace cualquier hombre moderno con un déficit de atención y un smartphone: instalarme Tinder. Tinder es, sin lugar a dudas, el experimento sociológico más deprimente que ha parido la humanidad desde los campos de concentración. Es un catálogo digital de neurosis, filtros de Instagram y mentiras piadosas donde todo el mundo le da al senderismo, adora el vino tinto y busca "conexiones reales" mientras te evalúa con la misma empatía con la que un ganadero inspecciona la dentadura de una mula en una feria agrícola.


En aquel lodazal cibernético pesqué a EC. O me pescó ella a mí, todavía no lo tengo claro.
EC era el arquetipo perfecto de la niña de papá: consentida, caprichosa, con el umbral de frustración de un tamagotchi y un nivel de inestabilidad mental que en el DSM-5 requeriría un fascículo entero dedicado en exclusiva a su persona. Físicamente era un prodigio de la incoherencia anatómica. Era súper delgada, casi esquelética, con esas extremidades largas y fibradas de quien pasa más tiempo contando calorías que viviendo, pero se había sometido a una operación de aumento de pecho que desafiaba todas las leyes de la gravedad, la estética y el sentido común.


Se había plantado dos prótesis de un tamaño tan colosal, tan descomunalmente desproporcionado para su torax de gorrión, que parecían dos balones de baloncesto de la NBA adosados con cinta americana a un palo de escoba. El cirujano plástico que perpetró semejante atentado contra la geometría sagrada del cuerpo humano no debería estar ejerciendo la medicina; debería estar pudriéndose en una celda de aislamiento de una prisión militar por crímenes contra la humanidad y la vista pública. Eran unas tetas agresivas, insolentes, casi amenazantes, que llegaban a los sitios dos segundos antes que el resto de su cuerpo.


Pero el problema real de EC no era su arquitectura ciborg-surrealista. El problema principal es que estaba, simple y llanamente, como las maracas de Machín. Estaba loca de remate. Tenía cambios de humor que iban de la euforia maníaca al llanto suicida en lo que tardaba en enfriarse un cortado. Capaz de montarte un pollo espectacular en un restaurante porque el camarero había respirado cerca de su ensalada, o de mandarte noventa y siete mensajes de audio a las cuatro de la madrugada para explicarte por qué su padre no la había abrazado lo suficiente en el verano de 1998.


Desde el minuto uno supe con una claridad diáfana y cristalina que aquella mujer no me convenía. Era una bomba de relojería emocional con tetas balísticas. Cualquier ser humano con instinto de conservación habría salido corriendo en dirección contraria tras la primera cita. Pero yo estaba aburrido, apático, y no tenía nada mejor que hacer con mi miserable existencia hasta el mes de agosto. Agosto era mi horizonte de salvación. Sabía que en agosto me subiría a un avión con destino a Kenia y ese calendario operaba en mi cabeza como un escudo protector. Me dije: «Bueno, sobrevivamos a la locura de esta psicópata de saldo unas cuantas semanas más. Total, en África el dolor existencial se cura con cerveza tibia y paludismo».

III. Aterrizaje en el planeta Karatina y la profecía del arcén

El aeropuerto internacional Jomo Kenyatta (JKIA) de Nairobi te recibe siempre con su olor característico: una mezcla fascinante de combustible de aviación, sudor rancio, polvo rojo y la promesa inminente de un caos burocrático. Cuando crucé la puerta de llegadas, dejando atrás los controles de aduana donde te miran el pasaporte como si fueras un traficante de órganos, me encontré con mi comité de bienvenida. No había pancartas ni música ceremonial; solo uno de los chóferes oficiales de la Universidad de Karatina, un tipo afable con una camisa que había visto días mejores, que sostenía un cartelito con mi apellido mal escrito.


Nos subimos a un Toyota que tenía más kilómetros que la nave Voyager y pusimos rumbo al norte. El viaje hasta Karatina fue una odisea de baches, camiones escupiendo humo negro por el tubo de escape y matatus (esos minibuses suicidas decorados con grafitis de Jesucristo y Tupac Shakur) adelantando en curva y rasante con la fe absoluta de que Dios es su copiloto.


Llegamos a Karatina a mediodía. Como al buen chófer la universidad le había pagado las dietas del día entero —y en Kenia un día pagado es un derecho fundamental del trabajador que se debe exprimir hasta el último segundo—, el hombre se sintió en la obligación moral de justificar su sueldo y se ofreció, con un entusiasmo enternecedor, a enseñarme "la ciudad".


Llamar "ciudad" a Karatina requiere un acto de fe poética que yo no estaba en condiciones de tener tras un vuelo transcontinental. Karatina era, en esencia, un pueblo grande, un burgo polvoriento que había crecido de manera anárquica, salvaje y desordenada a ambos lados de la carretera nacional que une Nairobi con Nanyuki. Imagínate una arteria de asfalto destrozado por la que pasan camiones a toda velocidad, flanqueada por un enjambre de comercios construidos con bloques de hormigón sin pintar, techos de chapa galvanizada, puestos de fruta donde los plátanos se asan al sol, montones de basura plástica y una multitud perenne de personas que caminan de un lado a otro con esa parsimonia hipnótica de quien sabe que las prisas son un invento neurótico de los hombres blancos.
Aparcamos y nos pusimos a dar un paseo para conocer la “ciudad”. Las primeras personas que me encontré y que el chófer me presentó con gran ceremonial fueron una mujer joven y su hija pequeña.
La mujer se llamaba Makena y la niña, una criatura de ojos enormes y solemnes, Sally.


Nos dimos la mano. Makena me dedicó una sonrisa tímida, curiosa, examinando al nuevo mzungu que acababa de aterrizar en su polvoriento rincón del mundo con un portátil en la mochila y cara de jet lag. Hablamos unos segundos de insustancialidades climáticas. Luego, ellas siguieron su camino por el arcén entre las coles y los puestos de tarjetas prepago de Safaricom, y yo continué con  mi absurdo tour turístico por las gasolineras del pueblo.


En aquel preciso instante, de pie en aquel arcén mugriento de Karatina, el universo no me envió ninguna señal. No sonaron violines, el cielo no se abrió y ninguna voz profunda me susurró al oído. No pude imaginar ni remotamente, ni en mi delirio más febril provocado por el antipalúdico, el tipo de relación sísmica, volcánica y definitiva que acabaría estableciendo con aquellas dos personas con el paso del tiempo. Para mí, en esa soleada mañana de agosto, Makena y Sally no eran más que dos extras en el escenario de mi nueva aventura profesional. La vida, a veces, tiene un sentido del humor retorcido y se guarda las cartas marcadas para el final de la partida.

IV. Antropología universitaria: armarios Luo y el Machiavelo del trópico

Mi persona de contacto en la Universidad de Karatina, el eje alrededor del cual debía orbitar mi trabajo técnico, era Carol. Cuando la conocí al día siguiente en las oficinas administrativas del campus, tuve que reprimir el impulso de saludarla cuadrándome y saludando militarmente.


Carol era una mujer en la cuarentena, perteneciente a la tribu Luo, y era grande. Pero no grande en plan "una mujer alta". No. Carol era grande como un armario ropero de madera maciza de caoba de estilo colonial. Tenía una envergadura de hombros que causaría envidia en un central de la selección neozelandesa de rugby, una presencia física abrumadora y una voz profunda que hacía vibrar los cristales de las ventanas cada vez que daba un buenos días.


Su background académico era de economía y negocios, lo que en el maravilloso mundo de la gestión universitaria significa que no tenía ni la más remota idea de lo que es un servidor, una base de datos, una plataforma de e-learning o un protocolo de red. El rector la había plantado allí como coordinadora de mi proyecto de implantación de un VLE no sé muy bien por qué. Las malas lenguas del campus —que en KarU funcionaban con la velocidad y precisión de un canal de noticias por cable— especulaban con dos teorías: o bien era verdaderamente la persona más indicada y con mayor capacidad de gestión disponible en aquel páramo, o bien el rector tenía oscuras intenciones de beneficiársela y quería tenerla cerca y contenta. Conociendo el ecosistema local, ambas opciones eran perfectamente compatibles.


La cuestión fundamental es que con aquel monumento al hormigón armado de la tribu Luo tenía que entenderme día a día, y, para mi sorpresa, durante ese primer año la dinámica de trabajo fluyó como la seda. Ella aportaba el peso institucional y la burocracia, yo ponía la neurosis tecnológica.
Ahora bien, capítulo aparte merece el rector. Aquel hombre era un personaje de novela de realismo mágico, un dictadorzuelo de opereta y un claro, clarísimo ejemplo de cómo funcionan las relaciones de poder en las instituciones de Kenia.


Existe una ley sociológica no escrita en Kenia que establece que el 90% de las personas que alcanzan algún puesto de poder, por pequeño o ridículo que sea, sienten la obligación moral de exprimirlo al máximo, hasta sacarle la última gota de zumo institucional, personal y económico. El rector de KarU era el Maradona de esta disciplina; lo hacía sin ningún tipo de complejo, a calzón quitado y con una sonrisa profusa en el rostro.


Dejando a un lado el intrincado y creativo manejo que hacía de las finanzas de la universidad —un virtuosismo contable del que no me enteré en detalle hasta años después, cuando fue formalmente investigado y procesado en el ocaso de su carrera como caudillo universitario—, lo que verdaderamente me dejó boquiabierto y fascinado fue su gestión de los recursos humanos de sexo femenino. En concreto, lo abiertamente, lo descarada y públicamente que estaba liado con su secretaria personal.


No era un secreto a voces; era una declaración de principios. Su propia mujer legítima era profesora titular en aquella misma universidad, compartían pasillos, claustros y comedores, y absolutamente todo el mundo, desde el último bedel hasta el catedrático más anciano, sabía del monumental lío que el rector se traía con la secretaria en el despacho de rectorado. Era un folletín erótico de sobremesa retransmitido en directo para todo el campus.


Y la cosa no acababa ahí. La política de rotación de personal del rector era tan implacable como el mercado libre. Poco tiempo después de mi llegada, me llegaron noticias frescas de radio-pasillo: el hombre se había cansado de la secretaria de toda la vida. Al parecer, la caducidad del afecto rectoral había expirado, y se había liado con otra administrativa de la universidad, una chica notablemente más joven, con la piel más tersa y menos trienios acumulados. ¿Y qué pasó con la antigua secretaria oficial y amante destronada? El rector, en una demostración sublime de cinismo y gestión burocrática, no la despidió (eso habría sido de mal gusto y generaría papeleo sindical), sino que la degradó con un traslado fulminante: la bajó de categoría enviándola a pudrirse de aburrimiento a la secretaría de una facultad secundaria, lejos de las moquetas del poderío central. Una jugada maestra del feudalismo universitario keniano.

V. Safari, barro bíblico y el fiasco del vino en Nanyuki

Para mi estancia en Karatina, la universidad había tirado la casa por la ventana y me había alojado en el hotel más nuevo de la ciudad. Tener una buena habitación en aquel lugar era un verdadero lujo: significaba que el agua de la ducha salía caliente casi todos los días, que la cama no tenía el colchón habitado por colonias de ácaros con derechos de propiedad y que había una mosquitera sin agujeros del tamaño de un puño. El restaurante y, sobre todo, el bar de aquel hotel se iban a convertir muy pronto en mi centro de operaciones y en la fuente de mis mayores divertimentos, pero durante la primera semana todo fue de un monacato laboral absoluto.


Mi rutina era milimétrica. Por la mañana, bien temprano, el chófer del Toyota me venía a buscar a las puertas del hotel para llevarme al campus, que estaba en las afueras, a unos diez kilómetros de la carretera principal, en lo alto de una colina verde rodeada de campos de té. Allí me encerraba con Carol en un despacho sin ventilación y nos poníamos a trabajar en la redacción de la propuesta para el VLE


Como ya he mencionado, Carol no tenía ni puñetera idea de plataformas de aprendizaje, servidores cloud ni pedagogías de aprendizaje híbrido. No sabía distinguir un Moodle de un microondas. Así que el reparto de tareas se estableció de forma natural: yo redactaba los textos técnicos, inventaba justificaciones pedagógicas, diseñaba la arquitectura de la red y armaba el presupuesto con mi mejor prosa de consultor occidental, y ella, sentada a mi lado con sus gafas de cerca sobre el puente de la nariz, cogía el bolígrafo rojo y se dedicaba a corregir mi inglés. Mi gramática anglosajona, pulida en aeropuertos y manuales de programación, pasaba por el filtro de su inglés británico prístino, colonial y aristocrático. Y así se nos fue la primera semana: teclado, bolígrafo rojo, judias con arroz al mediodía y vuelta al hotel a dormir.


Para compensar tanta aridez burocrática, al llegar el fin de semana Carol decidió tener un gesto de hospitalidad africana y organizó una excursión para que el mzungu viera algo más que los pasillos de la universidad. El destino: la reserva natural de Ol Pejeta, al norte, famosa por ser uno de los pocos lugares donde todavía se pueden observar en libertad a los famosos Big Five (el león, el leopardo, el elefante, el búfalo y el rinoceronte).


Para semejante expedición, la universidad nos proporcionó un vehículo en condiciones. Nada del Toyota destartalado; esta vez nos subimos a un todoterreno cuatro por cuatro inmenso, blanco, con las letras oficiales de la KarU pintadas en las puertas. Y como el coche era grande, espacioso y sobraban asientos, a Carol le pareció una gran idea invitar a Makena —sí, la chica del arcén del primer día— para que compartiera con nosotros el trayecto hasta la vecina ciudad de Nanyuki, donde ella tenía que hacer no sé qué gestiones o visitar a no sé qué familiares.


Una vez más, el destino me ponía a Makena a medio metro de distancia en los asientos traseros de un 4x4, y una vez más, yo seguía ignorando olímpicamente lo que el futuro nos tenía preparado. Durante el trayecto hasta Nanyuki hablamos de tonterías, banalidades sobre el calor, la música que sonaba en la radio del coche y el estado del tráfico. Cuando llegamos a Nanyuki, ella se bajó del coche, se despidió con la mano y se fue a perderse por las calles del pueblo. Yo me quedé con el chofer y el armario ropero de la tribu Luo, listo para ir a ver leones y sentirme como el capitán Grant en una novela de Julio Verne.


La visita a Ol Pejeta fue fascinante, no lo voy a negar. Vimos elefantes cruzando la pista a pocos metros del capó, búfalos mirándonos con esa expresión de odio psicópata que los caracteriza y un par de rinocerontes durmiendo la siesta bajo una acacia. Pude ver muchos "bichos", hacer fotos turísticas y justificar mi safari.


Pero la felicidad zoológica duró poco. Al cabo de un par de horas de estar merodeando por la sabana, el cielo del ecuador decidió recordar quién manda en África. Las nubes se cerraron en cuestión de segundos, pasamos de un sol brillante a una penumbra de eclipse lunar, y se desencadenó sobre el parque una de esas tormentas africanas de proporciones bíblicas. No era lluvia; era el océano cayendo a plomo desde las alturas, como si Dios hubiera decidido reiniciar el planeta y no hubiera mañana. El agua golpeaba el techo del 4x4 con un estruendo ensordecedor, borrando el paisaje y convirtiendo la tierra roja de las pistas en una sopa resbaladiza.


Cuando la tormenta escampó un poco y el diluvio universal se redujo a una lluvia torrencial manejable, el chófer decidió que era hora de iniciar el viaje de vuelta antes de que nos quedáramos atrapados para siempre entre los leopardos. La pista de regreso era un poema del caos: los charcos no eran charcos, eran piscinas olímpicas de agua fangosa que cubrían hasta los ejes del todoterreno. El motor rugía, las ruedas patinaban y salpicaban barro hasta las copas de los árboles, mientras yo iba rebotando en la parte trasera como una pelota de ping-pong, agarrándome al asa de la puerta y rezando al dios del Moodle para no volcar.


Conseguimos salir de aquel lodazal de milagro y llegamos de vuelta a Nanyuki cuando ya estaba anocheciendo. El esfuerzo y la adrenalina nos habían abierto el apetito, así que decidimos parar a cenar en un restaurante decente de la ciudad antes de acometer la última etapa hasta Karatina.


Nos sentamos a la mesa y pedí la carta de vinos. Ya que estábamos en un buen sitio, decidí invitar a Carol a cenar por todo lo alto, con botella de vino tinto incluida. Tras la segunda copa de un sudafricano con cuerpo, la conversación derivó hacia terrenos personales, el alcohol empezó a soltar las lenguas y a mí, en un arrebato de aburrimiento, soledad occidental y estupidez masculina, me dio por empezar a flirtear con Carol.


Sí, con Carol. Con la mujer monumento, con el armario de caoba de la tribu Luo.


Ella aceptó el juego con una sonrisa cómplice. Me contó, entre sorbo y sorbo, que tenía tres hijas (hijas a las que tuve el placer de conocer en persona la semana siguiente y que, contra todo pronóstico genético considerando la robustez de la madre, resultaron ser unas muchachas de una belleza espectacular, finas y elegantes como gacelas). Y tras hablar de sus hijas, abrió las compuertas del resentimiento conyugal y se dedicó a despotricar largo y tendido, con una elocuencia y un rencor enciclopédicos, de su reverendísimo marido. Lo puso de vuelta y media. Que si era un vago, que si era un egoísta, que si no hacía nada en casa, que si no la valoraba como mujer ni como profesional.


Yo escuchaba aquella letanía de agravios matrimoniales mientras rellenaba su copa una y otra vez, pensando para mis adentros que el terreno estaba abonado, que una mujer tan profundamente resentida con su esposo era una fruta madura dispuesta a caer en los brazos —o al menos en la cama del hotel— del consultor español que le bailaba el agua y le pagaba el vino en una noche de tormenta en Nanyuki.
Me equivoqué de medio a medio. Subestimé la rigidez moral y el código de honor de las mujeres de la tribu Luo. A pesar de lo infinitamente cabreada, amargada y resentida que estaba con el inútil de su marido por una lista de cosas que llenaría una guía telefónica, Carol no se atrevió a cruzar la línea roja de la infidelidad. Había una frontera sagrada e invisible en aquel restaurante de Nanyuki y ella decidió quedarse en el lado de la decencia y la legalidad matrimonial. Me rechazó con elegancia, sin ofenderse, pero dejándome clarísimo que no se iba a enrollar conmigo ni esa noche ni ninguna otra de esta vida terrenal.


Así que, terminada la botella y el asado de cabra, volvimos a subir al todoterreno, el chófer nos llevó de vuelta a Karatina y cada uno se fue a dormir a su respectiva habitación del hotel con la dignidad intacta y la libido en punto muerto.

VI. El harén delegativo, la Guinness enriquecida y el cortejo darwiniano

La segunda semana de mi estancia en Karatina vino cargada de novedades, un cambio radical en la monotonía y la apertura de un horizonte de experiencias que ríete tú de las novelas de iniciación.
Carol es una mujer inteligente, muy perspicaz y con una gran capacidad de observación (para algo es economista). Durante aquellos días se dio cuenta perfectamente de que el mzungu se moría de un aburrimiento letal por las tardes, una vez terminada la jornada laboral en la universidad. Yo volvía al hotel a las cinco y me quedaba allí mirando el techo, viendo canales de noticias en swahili y contemplando el vacío existencial. Y como Carol vivía en Nairobi y tenía que volver a la capital para cuidar de su prole —y además yo había intentado tirarle los tejos la noche del safari, lo que aconsejaba cierta prudencia logística—, decidió solucionar mi problema de socialización con el pragmatismo que la caracterizaba: delegó mi entretenimiento.


Una tarde, organizó una quedada en el bar de un famoso hotel de Keratina y  me presentó formalmente a tres secretarias de la administración de la universidad para que se encargaran de hacerme compañía, sacarme a tomar algo y mantener al consultor extranjero entretenido por las tardes para que no cometiera ninguna locura.


Una vez más, por tercera vez en apenas siete días, el azar —o el guion cósmico— intervino: una de esas tres secretarias era Makena. Esa primera reunión todos juntos fue un evento de transición, un tanteo preliminar. Nos sentamos Carol, las tres secretarias y yo alrededor de una mesa de plástico patrocinada por la cervecera Tusker, tomamos un par de cervezas frías y charlamos de cosas intrascendentes. Fue una velada plácida, tranquila, casi clerical. Una simple toma de contacto para perder la vergüenza y evaluar al sujeto de estudio occidental.


La verdadera acción, el cataclismo antropológico, llegó en el segundo encuentro, dos o tres días después.


Era tarde, sobre las siete, y yo ya estaba pertrechado en mi habitación del hotel después de haberme pasado ocho horas redactando justificaciones presupuestarias para la implantación del Moodle. Estaba tumbado en la cama, en calzoncillos, contemplando si era el momento de bajar a cenar un plato de pollo con arroz o simplemente rendirme al sueño, cuando el teléfono móvil vibró sobre la mesita de noche.


Era un mensaje. Lo abrí. Era de una de las tres secretarias interesándose por mi estado de salud mental, preguntándome qué estaba haciendo esa tarde y cómo llevaba la soledad del viajero.


Tras una serie de intercambios de mensajes, un peloteo y sugerencias veladas, me enteré de la realidad táctica de la situación: las tres mujeres, el trío completo de secretarias, no estaban en sus casas ni en la universidad. Estaban sentadas en las mesas del bar  de mi propio hotel, abajo, y estaban esperando con enorme expectación que el mzungu bajara a unirse a la fiesta.


No me lo hice repetir dos veces. El aburrimiento es el motor de las mayores empresas de la humanidad. Me salté de la cama, me vestí con una camisa medio decente y unos vaqueros limpios, y bajé las escaleras del hotel de tres en tres.


Cuando llegué al bar del patio interior —un espacio al aire libre con música afrobeat sonando a todo volumen por unos altavoces distorsionados y luces de neón parpadeando—, allí estaban las tres. Sentadas en una mesa grande, radiantes, vestidas de fiesta y con una actitud que dejaba muy claras sus intenciones: estaban dispuestas a correrse una juerga antológica a mi costa.


Hagamos un análisis sociológico de las fuerzas combatientes en aquella mesa de plástico. La primera en discordia era la secretaria mayor, la más veterana del trío. Esta mujer no mostró el más mínimo interés romántico ni sexual en mi humilde persona por una razón de peso institucional absolutamente imbatible: ella era la actual favorita del rector. Ya se beneficiaba al jefe supremo de la universidad, ya estaba en la cúspide de la pirámide del poder del campus y no necesitaba perder el tiempo flirteando con un consultor español de paso que en dos semanas estaría de vuelta en Europa. La mujer había venido a la fiesta con un objetivo mucho más pragmático y terrenal: estaba allí por la comida y por el bebercio. Se acomodó en su silla con la tranquilidad de un rajá indio y se dedicó a pedir platos de carne asada (nyama choma), patatas fritas y cervezas de marca premium.


El problema —o la maravillosa bendición, según se mire— venía con las otras dos secretarias: la mediana, que estaba en los treinta, y Makena, que iba a cumplir los cuarenta.


Ambas eran sencillamente preciosas. Preciosas con esa belleza rotunda, vital y resplandeciente de las mujeres de las tierras altas del centro de Kenia. Y ambas, libres de compromisos con la cúpula directiva de la universidad, fijaron sus ojos en mí.


La velada no arrancó con cerveza rubia ligera; arrancó con Guinness. Y aquí hay que hacer un inciso fundamental para los no iniciados en la gastronomía etílica de África Oriental: la cerveza Guinness que se vende en Kenia no tiene absolutamente nada que ver con esa bebida suave, densa y casi cremosa que te sirven en los pubs de Dublín o en los bares de Londres. No señor. La Guinness Foreign Extra Stout africana es una pócima del diablo, un combustible nuclear diseñado para resistir las temperaturas del trópico sin perder propiedades. Es oscura como una noche sin luna, espesa como el alquitrán, tiene una cantidad industrial de burbujas agresivas que te raspan la garganta y, lo más importante, tiene más de un 6,5% de alcohol por volumen. Es un torpedo etílico de alta velocidad directo al lóbulo frontal.


Con las primeras Guinness en el cuerpo, la música del bar subió de volumen y comenzó el baile. O, mejor dicho, comenzó una ceremonia milenaria de apareamiento tribal adaptada a los tiempos del neón y el reguetón africano.


Las dos mujeres me sacaron a la pista de baile. Una por la izquierda y la otra por la derecha. Yo no era precisamente John Travolta en Fiebre del sábado noche; mi estilo de baile se parecia más al de una garza epiléptica intentando cruzar un charco de grasa, pero la Guinness africana y la adrenalina del momento me convirtieron en una especie de deidad del ritmo. Bailamos durante horas. Sudamos como mineros en el fondo de una galería.


Como me resultaba humanamente imposible decidirme entre las dos —la de 30 era un torbellino de sensualidad y energía, y Makena tenía una mirada profunda, una sonrisa enigmática y una elegancia al moverse que me tenía hipnotizado—, tomé la decisión estratégica más sabia que puede tomar un hombre superado por los acontecimientos y por el alcohol: renunciar al libre albedrío. Dejé que fueran ellas, en una despiadada competición de selección natural y darwinismo de pista de baile, las que solucionaran el problema y se disputaran el trofeo (es decir, yo, el técnico de Moodle algo ebrio).
Makena se impuso. Se adueñó de mi espacio vital con la autoridad de una reina guerrera de los Amerus. La noche en el bar del hotel se fue extendiendo entre botellas de Guinness vacías, carcajadas y música cada vez más lenta, hasta que culminó de la única manera humanamente posible: en una esquina del local, con un tremendo, monumental y larguísimo beso con Makena.


Cuando nos separamos para recuperar el aliento y la cordura, nos miramos a los ojos. Ella sonrió, se alisó el vestido con una tranquilidad asombrosa y sellamos el pacto: una cita formal, a solas y en mi terreno, para el día siguiente por la tarde, en cuanto yo terminara de trabajar.

VII. El blanco experimental y la hipocresía de las ONG

Al día siguiente, las horas en la universidad se me hicieron eternas. Las frases sobre el aprendizaje colaborativo me parecían un insulto al sentido común y cada minuto de reloj era una eternidad. A las cinco de la tarde en punto cerré el portátil de un golpe seco, me despedí de Carol con una rapidez sospechosa, le dije al chófer que pusiera el Toyota a velocidad de crucero y me fui al hotel a ducharme y esperar mi destino.


A las seis, la puerta de mi habitación sonó con dos golpes suaves, casi tímidos. Abrí la puerta y allí estaba Makena. Entró en mi habitación del hotel y allí, entre paredes de estuco beige y bajo el zumbido constante del ventilador de techo, empezó absolutamente todo.


Años más tarde, ya casados, compartiendo un sofá en Europa y con la perspectiva que da el tiempo y la confianza conyugal absoluta, Makena me confesaría con una sinceridad aplastante y un ataque de risa cuál había sido su motivación inicial aquella tarde de agosto en Karatina. Me admitió, sin ruborizarse lo más mínimo, que al principio lo que la movió a subir a mi habitación fue una curiosidad biológica y antropológica casi pura: tenía una curiosidad inmensa y morbosa por experimentar en sus propias carnes cómo era hacérselo en la cama con un mzungu, con un hombre blanco. Quería saber si los rumores, las leyendas urbanas locales y las diferencias de temperatura corporal que se cuentan en los salones de belleza de Karatina eran ciertos o simplemente mitos del colonialismo.


Yo me reí cuando me lo dijo, porque la ironía de la situación era sencillamente sublime: esa misma curiosidad antropológica, ese mismo deseo de exploración biológica y exótica era exactamente lo que me movía a mí aquella tarde a liarme con una local de Karatina. Éramos dos conejillos de indias voluntarios de culturas diferentes, explorando el terreno mutuo en una habitación de hotel con el entusiasmo de dos científicos locos.


Y aquí es donde tengo que abrir un paréntesis para quedarme a gusto con el puritanismo institucional y la monumental hipocresía de las organizaciones internacionales, en este caso concreto, mi querida Academics Without Borders.


Resulta que AWB tiene en su manual de código de conducta, en uno de esos anexos legales infumables que nadie lee pero todos firman, una cláusula en la que se desaconseja explícita y taxativamente esta práctica. Sí, como lo oyes. Prohíben o desaconsejan de manera severa el fraternizar íntima y sexualmente con el personal local o los habitantes del país de destino. Al parecer, en la mentalidad de los burócratas de ONG que redactan estos códigos desde despachos climatizados en Ginebra, Bruselas o Montreal, mantener relaciones consensuadas entre adultos libres es violar una especie de santidad colonial, como si el trabajador humanitario o el consultor académico fuera una criatura etérea de luz que no debe mezclarse con los nativos para no corromper la pureza del proyecto pedagógico.


Yo, sinceramente, nunca he entendido por qué AWB y el resto de las santas cofradías de la cooperación desaconsejan con tanto empeño esta práctica. Me parece un error estratégico y un absurdo monumental. Vamos a ver: ¿qué mejor manera, qué método más empírico, profundo y auténtico existe para tener un conocimiento directo, real y de primera mano de la cultura local que la inmersión horizontal y sin ropa?


Leyendo libros de sociología en la biblioteca de la universidad o asistiendo a conferencias sobre diversidad cultural no se aprende nada comparado con lo que se aprende conversando en una cama con una mujer local a las tres de la madrugada, compartiendo confidencias, historias familiares, miedos y carcajadas bajo una sábana de algodón en un hotel de provincia en el centro de Kenia. No solo es el mejor máster en antropología cultural que uno puede hacer, sino que además, qué demonios, es una manera magnífica, inmejorable y gloriosa de pasar muy buenos ratos en un continente que a veces puede llegar a ser tremendamente duro y abrumador. La inmersión cultural, si se hace, se hace bien y hasta el fondo. Y el código de conducta de AWB me lo podía pasar yo tranquilamente por el forro de los pantalones en aquella tarde de agosto.


VIII. Epílogo de un algoritmo romántico


Lo que empezó como una noche de Guinness adulterada, una competición de baile darwiniana en un bar pueblerino y un experimento de curiosidad anatómica cruzada en un hotel de Karatina, no se quedó en la típica anécdota veraniega del consultor blanco que se tira a la secretaria local y luego desaparece en el primer avión para no volver a dar señales de vida. No. La vida tenía un guion mucho más complejo y maravilloso diseñado para nosotros.


Aquel segundo verano en África lo cambió absolutamente todo. Terminé de redactar la propuesta para la implantación del Moodle de la Universidad de KarU (que, por cierto, quedó redactada con una brillantez técnica impecable gracias a las correcciones gramaticales del armario ropero de Carol), entregué los informes en rectorado esquivando las miradas furtivas de la nueva secretaria del rector, cobré mis dietas y me volví a Europa. Pero me volví con el corazón, la cabeza y el alma completamente retenidos en la aduana del aeropuerto Jomo Kenyatta.


Me enamoré perdidamente. Me enamoré con esa ferocidad irracional y absoluta de los hombres que ya han pasado por varios naufragios emocionales y de pronto encuentran tierra firme donde menos lo esperaban: en un pueblo de la carretera a Nanyuki. Me enamoré de Makena, de su inteligencia viva, de su sentido del humor ácido, de su lealtad indestructible y de su manera de mirar el mundo sin cinismo. Me enamoré de la pequeña Sally, aquella niña de ojos grandes que conocí en el arcén del primer día. Y me enamoré, de manera irremediable y definitiva, de Kenia, de sus tormentas torrenciales, de sus baches infinitos, de su caos vibrante y de su Guinness radioactiva.


Durante el siguiente año natural, en un alarde de locura financiera y desprecio total por la huella de carbono, volví hasta en cuatro ocasiones distintas a Kenia con el único y exclusivo propósito de visitar Makena. Ya no iba a implantar servidores, ni a pelear por el código abierto, ni a redactar informes pedagógicos para burocracias universitarias corruptas. Iba simplemente por ella. Mis fines de semana largos se convirtieron en maratones de 14 horas de vuelo entre aeropuertos europeos y las tierras altas de Kenia.


Al final, la lógica inevitable del amor se impuso sobre todas las cosas: le pedí matrimonio, me casé con ella con toda la parafernalia formal y legal que eso implica, y moviendo cielo y tierra contra la burocracia de extranjería española —que es mil veces más obtusa, desesperante y maquiavélica que la gestión financiera del rector de KarU—, conseguí traerlas a ella y a las pequeñas Sally y Lister a vivir conmigo a España.


Hoy Makena vive en Barcelona  lejos de los matatus, del barro de Ol Pejeta y de las intrigas románticas de los despachos universitarios del Valle del Rift, y yo en Nairobi. Los papeles se han invertido.  Pero el cómo hemos llegado a esta situación... bueno, esa es otra historia de inmersión cultural inversa que tiene tela para cortar, pero que tendré que desarrollar con la calma y el detalle que se merece en un próximo capítulo, preferiblemente con un vaso de whisky en una mano y el recuerdo de una Guinness bien fría en la otra.

 




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