La llamada de África

 

I. De custodias compartidas, vacíos existenciales y el terror al turista en chanclas

Hacía ya tres años que el sacrosanto vínculo del matrimonio se había ido al garete, dejándome con un piso más vacío, una cuenta bancaria más triste y la famosa custodia compartida. La matemática del divorciado en verano es una ciencia lúgubre y exacta: las niñas te tocan quince días, y los otros quince te conviertes en un fantasma arrojado al abismo del tiempo libre. Durante las dos semanas con ellas, eres un animador sociocultural hipervitaminado; pero cuando se van con su madre, te enfrentas a un abismo de dos o tres semanas de «vacaciones de soltero».

Para un tipo normal, esto sería jauja. Ibiza, pulseritas de todo incluido, mojitos aguados y el cerebro en coma etílico. Pero a mí nunca me ha gustado ir a los típicos sitios infestados de turistas con quemaduras de tercer grado y calcetines blancos bajo las sandalias. En verano, huir de la horda en celo es estadísticamente imposible en Europa. Uno acaba refugiándose en el pueblo de los padres, escuchando a todo trapo a los Siniestro Total o a Aerolineas Federales, intentando que el tecno-pop y el punk de los ochenta acallen la voz interior que te dice que estás desperdiciando tu vida.

Y entonces, a principios de 2015, el universo, que tiene un sentido del humor retorcido, decidió intervenir en forma de correo electrónico rebotado.

II. La ruleta rusa de la bandeja de entrada y el espejismo africano

El correo venía de una compañera de la universidad y trataba sobre una ONG canadiense con el rimbombante nombre de Academics Without Borders (AWB). Buscaban a un académico, preferiblemente uno que no mordiera y supiera enchufar un ordenador, para realizar un proyecto en colaboración con la Universidad Aga Khan en Nairobi.

Seamos sinceros: era uno de esos miles de correos que te inundan el buzón institucional. La misma bandeja de entrada donde te invitan a congresos fraudulentos en Singapur, te ofrecen publicar en revistas depredadoras por el módico precio de un riñón, o te avisan de que alguien ha dejado un tupperware con brócoli en la nevera del departamento. Lo normal habría sido mandarlo a la papelera sin pestañear. Pero por una alineación planetaria, un error de clic o puro aburrimiento invernal, lo abrí. Lo leí. Y de repente, mi cerebro de profesor universitario en crisis vio la luz: unas vacaciones de verano diferentes. Y gratis.

No albergaba, por supuesto, ni la más mínima, remota o microscópica esperanza de éxito. Era como echar la lotería, pero en lugar de dinero, el premio era trabajar en el hemisferio sur. Sin embargo, enviar la solicitud costaba cero euros.

Además, estaba el factor romántico. África siempre había ejercido sobre mí una fascinación casi freudiana, "la llamada de África", un eco literario que se me había enquistado en el alma tras devorar El sueño de África de Javier Reverte. Hasta ese momento, mi currículum de explorador africano era un chiste: había estado en Marruecos y en Túnez. Y todos sabemos que el norte de África es el Mediterráneo con cuscús; un aperitivo cultural maravilloso, sí, pero no es el África subsahariana. No es el corazón del continente. Yo quería la verdadera África, la de la tierra roja, aunque en ese momento mi idea de la sabana se pareciera peligrosamente al decorado de El Rey León.

Así que maquillé mi currículum, redacté una carta de interés con el lirismo de un poeta del Siglo de Oro, le di al botón de enviar y me olvidé del asunto, convencido de que mi solicitud acabaría en una trituradora de papel en Montreal.

III. El noble arte del nepotismo académico y el proyecto que podía hacer un macaco

Unas semanas más tarde, la ONG me respondió. Mi estupefacción fue tal que casi escupo el café sobre el teclado. Decían que estaban «evaluando seriamente mi candidatura» (frase que en el argot de recursos humanos suele significar "eres el único pringado que ha cumplido los requisitos") y me pedían dos cartas de recomendación.

Aquello fue un trámite de lo más relajante. El mundo académico se sostiene sobre un frágil castillo de naipes construido con cartas de recomendación exageradas. Llamé a dos buenas amigas y compañeras de la universidad y les pedí que escribieran a la ONG canadiense diciendo que yo era, básicamente, una mezcla entre Alan Turing y la Madre Teresa de Calcuta. Las cartas que mandaron eran tan obscenamente elogiosas que, de haberlas leído mi madre, se habría puesto a llorar de orgullo.

El proceso siguió su curso y, contra todo pronóstico, me asignaron el proyecto.

Cuando me explicaron en qué consistía exactamente mi heroica misión humanitario-tecnológica, tuve que contener la risa. Mi tarea era crear un entorno de aprendizaje virtual para la Graduate School of Media and Communication (GSMC). Dicho en plata: tenía que montarles un campus online. Para mí, que respiro comandos de Linux en la terminal y maqueto hasta la lista de la compra en LaTeX, montar una plataforma de e-learning era el equivalente informático a atarse los cordones de los zapatos. Era, de hecho, exactamente lo mismo que había estado haciendo el año anterior en mi propia universidad para otro máster. Iba a ser un paseo triunfal.

IV. María, Justine y los caprichos del Marqués de Sade

Al prever que mi carga de trabajo iba a ser irrisoria y que disfrutaría de un tiempo libre cuasi pornográfico, tomé una decisión trascendental: invité a mi pareja de aquel entonces, María, a que me acompañara en la aventura keniata.

María era un caso digno de estudio clínico. Una recién divorciada que venía de pasar un porrón de años conviviendo con un marido policía; un tipo que debió dejarle la autoestima al nivel del subsuelo, porque la pobre mujer había desarrollado un terror patológico a llevarle la contraria a cualquier ser humano con pulso. Si tú decías que el cielo era verde pistacho, María asentía con vehemencia. Era una criatura mansa, asustadiza, incapaz de decidir si quería el filete poco hecho o al punto por miedo a ofender al camarero.

Pero, y aquí radica la ironía de la genética, debajo de esa personalidad apocada, la naturaleza la había dotado con una dulzura genuina, una cara preciosa y, sobre todo, un culo que habría hecho las absolutas delicias del mismísimo Marqués de Sade. De verdad, María era la reencarnación literaria de Justine: una víctima propiciatoria atrapada en un cuerpo hecho para el pecado, arrastrada por un mundo cruel, o en este caso, por un profesor universitario aburrido que la llevaba de safari.

La ONG canadiense pagaba mi billete de avión, y la Universidad Aga Khan ponía el apartamento en Nairobi. Y no cualquier cuchitril. El apartamento y la escuela estaban situados en Westlands, uno de los barrios más pijos, exclusivos y chic de Nairobi. Aquello no era El sueño de África de Reverte, aquello era el sueño de un rentista de Pedralbes. Unas vacaciones pagadas, exóticas, con una mujer despampanante y un proyecto que podía terminar con los ojos vendados. La vida, a veces, te guiña el ojo con descaro.

V. Un neoyorkino, una australiana y un keniano entran en un despacho...

Aterrizamos en Nairobi, nos instalamos en nuestro flamante apartamento de Westlands rodeados de embajadas y centros comerciales de lujo, y me presenté en la universidad dispuesto a impartir sabiduría europea.

Lo que encontré en la dirección de la escuela era, literalmente, el planteamiento de un chiste de barra de bar. La santísima trinidad que gobernaba aquel cotarro estaba formada por: un neoyorkino vividor, una australiana al borde del infarto y un keniano imperturbable.

El decano era Steve, el neoyorkino. Steve era un personaje fascinante, un individuo que estaba de vuelta de todo, de todos y de sí mismo. Su principal motivación académica para estar en África era que le gustaba mucho Kenia para irse de safari, y seguramente para un montón de cosas más que, sabiamente, no explicó en voz alta. Se pasaba la vida volando de vuelta a Nueva York. Nadie en todo el campus tenía puñetera idea de cuál era exactamente su trabajo, qué producía o para qué le pagaban, pero el tipo tenía una presencia escénica brutal. Era el clásico directivo que domina el noble arte de pasear por los pasillos con una taza de café asintiendo gravemente, haciendo creer a todos que está resolviendo la crisis de Oriente Medio cuando en realidad está pensando en qué vino marida mejor con el antílope.

Luego estaba Rhonda. Pobre Rhonda. La australiana era el engranaje, el motor, el chasis y las ruedas de toda la institución. Ella era la que hacía todo el trabajo. Si había que escribir una propuesta para rascar fondos, la escribía Rhonda. Si había que supervisar el desarrollo de un programa, lo supervisaba Rhonda. Si el techo se caía, si un profesor se volvía loco o si el wifi petaba, Rhonda se comía el marrón. Vivía en un estado perpetuo de estrés transoceánico, con ojeras que le llegaban al mentón, sosteniendo la credibilidad del decano sobre sus hombros como un Atlas de las antípodas. Era trabajo, puro y duro. A alguien le tocaba pringar, y la ruleta del karma la había señalado a ella.

Y finalmente, el contrapunto absoluto: Peter Kimani. Peter era el enigma elegante. Su tarea principal, encomendada solemnemente por el propio decano Steve, consistía en... leer el periódico y escribir un resumen (digest). Un trabajo extenuante, como comprenderán. A Peter le encantaba, más que nada porque era escritor y periodista de raza. Mientras Rhonda se dejaba la salud mental cuadrando presupuestos, Peter hojeaba el Daily Nation con la parsimonia de un Lord inglés y escribía sus columnas.

Mi relación con este trío calavera se estableció rápidamente y en sus propios términos. Steve, en un alarde de liderazgo ejecutivo, nos invitó a mí y al resto de profesores a uno de los mejores restaurantes de la ciudad: el Fogo Gaucho.

VI. Sudores fríos en el Fogo Gaucho, hipopótamos y literatura

Para los no iniciados, el Fogo Gaucho es una churrascaría brasileña en pleno Nairobi donde los camareros desfilan por la mesa con espadas clavadas en inmensos trozos de carne asada hasta que suplicas clemencia. Durante aquella orgía carnívora, mientras yo intentaba no morir de gota y María masticaba un trocito de picanha asintiendo tímidamente a todo lo que se decía, Steve me dio su mayor aportación académica de todo el mes: me hizo una lista de los mejores sitios para ir de safari. Su recomendación estrella fue el Lago Naivasha.

Le hicimos caso, por supuesto. A Steve no se le podía consultar sobre el plan de estudios, pero en materia de ocio era un oráculo. Al fin de semana siguiente estábamos en Naivasha, esquivando hipopótamos y confirmando que la vida del expatriado académico era un chollo de dimensiones bíblicas.

Con Rhonda mi relación fue estrictamente profesional. Yo montaba el servidor, instalaba Moodle, configuraba los accesos con la ayuda del departamento de IT, y ella revisaba, validaba y seguía corriendo de un lado a otro con su portátil bajo el brazo. Era la única persona en aquel edificio que justificaba su salario.

Con Peter Kimani, sin embargo, encontré oro puro. Peter se convirtió en mi faro, mi oráculo cultural y político en medio del caos keniano. Nuestras jornadas terminaban tomando cervezas, arreglando el mundo y charlando sobre la vida. Me regaló su primer libro, Before the rooster crows. Un título poético para el clásico libro de iniciación, esa obra primeriza donde el autor vomita los traumas de su juventud, intentando encontrar su voz. Esos libros a veces son obras maestras ocultas y otras veces... bueno, a otras veces les falta un hervor. A Peter el libro le salió regulero. Era sincero, sí, pero se notaba que aún estaba afinando los instrumentos.

Sin embargo, el tiempo siempre da la razón al talento. Años más tarde, ese mismo tipo que leía el periódico por encargo del decano en Westlands escribiría Dance of the Jacaranda, que resultó ser, sin exagerar ni un ápice, uno de los mejores  libros que he leído en mi vida. Pero en aquel momento, solo éramos dos tipos tomando cerveza Tusker tibia, hablando de letras y política en el ecuador terrestre.

VII. Moodle, la traición corporativa y el primer pie en la tierra roja

Durante aquellas tres semanas, mi vida alcanzó un equilibrio zen perfecto. Por las mañanas iba a la universidad, tecleaba código, configuraba la prueba de concepto de la plataforma virtual en Moodle y me tomaba el café observando el ecosistema de la oficina. Por las tardes y los fines de semana, María y yo nos dedicábamos a hacer turismo desenfrenado, confirmando que mis miedos de divorciado aburrido habían quedado sepultados bajo toneladas de experiencias africanas.

El trabajo, aunque fácil para mi perfil, me resultó intelectualmente muy estimulante por el contexto. Terminé el proyecto, entregué la plataforma reluciente y me dieron palmaditas en la espalda. Misión cumplida.

Desgraciadamente, la academia es experta en pegarse tiros en el propio pie. Poco después de que yo hiciera las maletas y volviera a Europa, las altas esferas de la Universidad tomaron una de esas maravillosas y desastrosas decisiones estratégicas que solo un comité de burócratas aburridos puede parir. Decidieron que Moodle, el sistema libre, hiperprobado y funcional que yo les había dejado en bandeja de plata, no era lo suficientemente cool. Así que lo tiraron todo a la basura y decidieron comprar otra plataforma LMS de pago. Mi proyecto se fue por el retrete del capricho institucional.

¿Me importó? Sinceramente, no. Porque para cuando me enteré de que mi Moodle había sido sacrificado en el altar del software privativo, yo ya había cambiado.

Había puesto, por fin, mi primer pie en África. Y supe en el fondo de mis entrañas que la cosa no se iba a quedar ahí. Mi primer contacto con el continente había sido un éxito rotundo, un triunfo sobre el tedio del verano. Había empezado a rascar la superficie de una cultura, de unas dinámicas y de un funcionamiento radicalmente distinto a la encorsetada y predecible realidad europea. Me había apasionado el caos ordenado de Nairobi, su energía desbordante y su absurda maravillosa burocracia.

Además, me llevé de Aga Khan un tesoro mucho mayor que cualquier logro técnico: dejé allí a una buena amiga. Marietta, la administrativa del departamento. Marietta fue la verdadera heroína en las sombras, la santa patrona de los expatriados perdidos. Me salvó la vida con todos y cada uno de los malditos aspectos prácticos de mi estancia, desde cómo conseguir un taxi que no me timara hasta cómo lidiar con las excentricidades del decano Steve. Fue mi ángel de la guarda burocrático y humano, y hemos mantenido el contacto religiosamente desde entonces.

Aquel verano que amenazaba con ser un páramo de depresiones post-divorcio se convirtió en el prólogo de una obsesión. Mi colaboración con Academics Without Borders no murió con aquel LMS desechado; de hecho, continuó con más proyectos en otras universidades keniatas, arrastrándome cada vez más profundo en la vida del lugar.

Pero esa, queridos amigos, es otra historia para otro día. Hoy toca pedir otra cerveza, poner a los Siniestro Total a buen volumen y brindar por los correos electrónicos que nunca deberíamos haber abierto, pero que, gracias a Dios, abrimos.



Comentarios

Entradas populares de este blog

LA EXPERIENCIA WOXSEN

FUGA DE KAMKOLE

Abu Dhabi Mon Amour