Abu Dhabi Mon Amour

 

El bucle infinito de la UAB

Llevaba treinta y dos años en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Treinta y dos. Eso es más tiempo del que pasan algunos reclusos por delitos de sangre. Mi vida se había convertido en una cinta de Moebius de aburrimiento y rutina. Y miren que a mí me gusta la rutina; soy un hombre que disfruta sabiendo exactamente qué marca de café habrá en la máquina de la facultad, pero aquello ya rozaba la catalepsia existencial.

Durante tres décadas, mi existencia fue un calendario circular: empezar las clases en septiembre, preparar apuntes que ya amarilleaban, diseñar actividades de laboratorio donde el material más avanzado era un osciloscopio que probablemente vio la Transición, dirigir doctorandos con crisis de ansiedad, mendigar financiación para proyectos, redactar informes que nadie lee y asistir a reuniones de coordinación donde se coordinaba la nada más absoluta. Todo un lío de responsabilidades que la universidad te echaba encima con la misma generosidad con la que te escatimaba la ayuda.

Pero lo más inquietante del trabajo universitario es la ilusión óptica del tiempo. Los alumnos llegan en septiembre siempre con la misma edad. Son como un retrato de Dorian Gray colectivo: ellos siempre tienen dieciocho años, piel tersa y sueños intactos, mientras tú te vas convirtiendo en un fósil. Solo te das cuenta de la tragedia cuando los chavales empiezan a tratarte de "usted" con una reverencia que huele a tanatorio. Ahí es cuando miras el espejo del lavabo de la facultad y comprendes que esas canas que colonizan tu cráneo no son un efecto de la luz fluorescente. Te estás haciendo viejo, Goliardo. Y te estás haciendo viejo entre fotocopias.


La Catedrática de los Sueños y el Profeta del Cúbit

Tenía una amiga en la facultad, una compañera divertida y con una brújula moral apuntando directamente a la sección de banca privada. Digamos que estaba muy interesada en los aspectos crematísticos de la vida. Cuando me divorcié, intenté un acercamiento romántico, un flirteo de profesor a profesora, pero ella me puso los puntos sobre las íes con la frialdad de un tasador de diamantes:

—Mira, Goliardo —me soltó una tarde—, tú eres un simple profesor titular. Un associate professor, darling. Y yo, para liarme con alguien, exijo, como mínimo, un catedrático. Un full professor. El rango importa, querido. El amor es ciego, pero mi cuenta corriente no.

Aquello fue un golpe a mi ego, pero a la larga resultó ser una bendición de proporciones bíblicas. Ella acabó cazando a la pieza mayor: Juan Ignacio Cuantino, o JI para los amigos y los envidiosos. JI es un catedrático de física cuántica de la Universidad de Barcelona con una mente tan preclara que, cuando entras en una habitación con él, sientes que tu coeficiente intelectual baja diez puntos por pura humildad ambiental. Además, le encanta recordarte lo listo que es contándote sus logros, que son tantos y tan variados que uno sospecha que el día tiene cuarenta y ocho horas para él.

Una noche, ya cuando yo me había vuelto a casar y vivía con mi mujer y las niñas, los invité a cenar a casa. JI trajo su propio vino. Porque, por supuesto, JI no solo bebe vino; lo produce en grandes cantidades y lo bebe en cantidades aún mayores. Bajo el influjo del fermentado de su propia cosecha, empezó a desplegar sus planos de dominación mundial.

—Goliardo —dijo, balanceando la copa con aire de villano de Bond—, me han ofrecido dos caramelos. Uno es dirigir el prestigioso Center for Quantum Technology (CQT) en Singapur. El otro es crear desde cero un centro de investigación en tecnologías cuánticas en Abu Dhabi. Tienen un presupuesto infinito. Los emiratíes tienen que gastar los petrodólares en algo que no sean halcones y rascacielos.

JI había decidido que un solo puesto era poco para él. Quería liderar los dos centros. Como quien juega a dos bandas en el ajedrez, pero con continentes de por medio. Para Abu Dhabi necesitaba contratar a mucha gente para su nuevo Quantum Research Center (QRC), dentro del Technology and Innovation Institute (TII). Posiblemente porque el vino le había nublado la prudencia o porque vio en mí a alguien capaz de aguantarle el ritmo, me soltó:

—Vente a Abu Dhabi conmigo. Nos lo pasaremos muy bien.

Había un pequeño detalle, un minúsculo asterisco en la propuesta: yo no sabía absolutamente nada de computación cuántica. Ni un bit. Nada. Pero a JI, en su estado de gracia alcohólica y genialidad permanente, aquello no le pareció relevante. "Eso se aprende, Goliardo, es solo física... pero con más frío", me dijo.


El Odiseo de los PCR y la Moneda Gigante

Para ver si aquello me encajaba, JI me invitó a visitar el laboratorio durante dos meses en noviembre de 2020. Tiempos de COVID. Tiempos de pánico y fronteras selladas. La secretaria del TII que compró mi billete a Abu Dhabi vivía en un universo paralelo y no sabía que el emirato había cerrado el país a cal y canto. Llegué al aeropuerto de Barcelona y la azafata del mostrador me miró como si estuviera intentando volar a la Luna sin escafandra:

—Imposible, señor. Abu Dhabi está cerrado. No vuela ni el polvo.

Volví a casa con la cola entre las piernas, pero el TII no se rindió. Tres días después volaba a Dubái. Dubái, en su infinita sabiduría comercial, sí estaba abierto, pero Abu Dhabi desconfiaba de sus vecinos. Me impusieron una "purificación" de quince días en Dubái antes de dejarme cruzar la frontera. Pasé dos semanas en el Radisson Blu de Dubai Marina. Era una estampa post-apocalíptica pero de lujo: una ciudad de neón vacía de turistas, desayunos pantagruélicos frente a barcos atracados y yo, solo con mi ignorancia cuántica. En esta primera visita, no hubo pulseras; solo la extraña paz de un Dubái sin gente.

Tras la quincena, entré en Abu Dhabi. Me alojaron en un hotel de 5 estrellas donde los desayunos eran tan deliciosos y sofisticados que comerse un cruasán parecía un acto de alta diplomacia. Finalmente, me incorporé a las oficinas en el Coin Building, un edificio icónico con forma de moneda gigante plantada en el desierto. Era el triunfo de la arquitectura sobre el sentido común. Aquella visita me convenció: aquello era una oportunidad fantástica.


La Segunda Venida: El Reino del Inglés y el Brazalete

Al volver a España empecé a planificar el éxodo. Mi mujer había llegado de Kenya hacia poco y, aunque es una mujer brillante, el español no era su fuerte. Abu Dhabi era el paraíso para ella. Allí, los locales solo representan el 10% de la población; el inglés es la lengua vehicular, la que mueve el dinero y la ciencia. Decidimos que nos mudaríamos mi mujer, mi hija pequeña y yo. El plan era de manual: yo iría primero en septiembre para arreglar los papeles, el alojamiento y la escuela, y ellas vendrían en junio, al terminar el colegio.

Pero mi segunda entrada, ya para quedarme, fue el verdadero descenso a la distopía sanitaria. Aunque el país estaba "abierto", las reglas eran draconianas. Nada más aterrizar, me encajaron La Pulsera.

Era un brazalete de plástico rígido, negro, con un sensor que parpadeaba. Estuve encerrado en un hotel durante diez o quince días (el tiempo en aislamiento se vuelve elástico) bajo una cuarentena estricta controlada telemáticamente. Tenía que pedir la comida por teléfono. Si me acercaba demasiado a la puerta, la pulsera parpadeaba frenéticamente como si fuera a estallar. Me duchaba con el brazo en alto, como saludando a un dictador invisible, para no mojar el sensor. Aquello fue mi romance forzado con la vigilancia electrónica. Una vez pasada la condena, pude disfrutar del hotel durante mes y medio más mientras buscaba apartamento y lidiaba con la burocracia de los Emiratos.

Pero la verdadera sorpresa no fue la vigilancia electrónica, sino JI.

En cuanto pisé suelo emiratí con contrato en vigor, el JI que traía vino a mi casa y bromeaba sobre el futuro desapareció. En su lugar surgió un "Jefe" con mayúsculas, una versión cuántica de un sátrapa ilustrado. Cuando me lo cruzaba por el laboratorio, pasaba de mí olímpicamente. Aquella camaradería de las cenas de Barcelona se había evaporado bajo el sol de Emiratos. JI ya no buscaba un colega; buscaba un súbdito que engrosara las filas de su imperio. Si me veía, apenas asentía con la cabeza, con esa mirada distante de quien está calculando el entrelazamiento de partículas o, más probablemente, su próximo vuelo a Singapur. Nunca habíamos sido íntimos, pero allí el trato se volvió puramente jerárquico y gélido.



Masdar City: Vida en el Inframundo Cuántico

Para cuando me incorporé definitivamente, el QRC se había mudado a Masdar City. Es un lugar diseñado para parecer el futuro: hay vehículos autónomos que circulan por túneles y edificios con celosías árabes reinterpretadas por ordenadores. Pero la vanguardia tiene sus peajes.

Nuestra ubicación definitiva era un laboratorio en el sótano. Para proteger a los cúbits del ruido electromagnético y las vibraciones del mundo exterior, nos enterraron bajo tierra. Un día cualquiera en el laboratorio subterráneo era algo parecido a esto:

Bajabas al sótano, te olvidabas de que en el exterior el sol estaba intentando derretir el pavimento a 45 grados, y entrabas en un reino de luz fluorescente y aire acondicionado gélido. El equipo de trabajo era fantástico —un crisol de rusos, chinos y europeos—, pero la estrella del espectáculo eran las "neveras".

Pasábamos horas frente a los criostatos de dilución. Un millón de dólares de ingeniería finlandesa para enfriar un trocito de silicio a 10 miliKelvins. El trabajo era duro: tenías que aprender a controlar una electrónica compleja y prohibitivamente cara para calibrar los qubits superconconductores transmon. Si un cable fallaba, tenías que rastrearlo entre una maraña de conexiones chapadas en oro que parecían el interior de un reloj de lujo gigante. Programábamos en Python, analizábamos señales de microondas y, sobre todo, vivíamos en una burbuja técnica donde no veíamos la luz del día. A veces salías a la superficie y el impacto del calor y la luz te golpeaban como un mazo; habías pasado ocho horas en el "frío absoluto" y te encontrabas con el infierno de arena.


La Sospecha del Acompañante de Cortesía

Con el tiempo, una sospecha empezó a rondar mi mente. JI siempre estaba liado. Volaba entre Singapur y Abu Dhabi, se reunía con ministros y jeques. Mi amiga, su pareja, venía a menudo a Abu Dhabi para estar con él, pero JI nunca tenía tiempo para ella porque siempre estaba en reuniones de coordinación o cerrando tratos.

Ahí entraba yo.

—¡Goliardo! —me llamaba ella— JI está en una reunión eterna. ¿Me llevas a comer?

Y allí iba yo. La llevaba a la cantina, le daba conversación y la entretenía mientras JI salvaba la computación mundial. Empecé a sospechar que JI me había traído al QRC no solo por mi capacidad para aprender computación cuántica a marchas forzadas, sino para que le hiciera compañía a su pareja. Yo era el "amigo de confianza" financiado por el estado emiratí para que la primera dama de la cuántica no se aburriera mientras él gestionaba sus dos reinos.


El Ocaso del Barril

Fueron tres buenos años de vida regalada. Los sueldos eran sobresalientes, libres de impuestos, y nos permitían vivir en la Sail Tower con vistas al mar, conducir un Mazda 6 de 200 caballos con la caja de cambios más suave del mundo y cenar en restaurantes donde la cuenta parecía el PIB de un país pequeño.

Pero nada dura para siempre. A finales de 2025, el precio del petróleo empezó a desplomarse. La previsión del barril cayó de los 80 dólares a los 60. Para Abu Dhabi, eso fue un recorte del 40% en los ingresos. Empezaron los despidos en investigación.

Además, JI había caído en desgracia. Los mánagers locales se quejaban de que pasaba demasiado tiempo en Singapur con su novia (mi amiga). El TII aprovechó la coyuntura para deshacerse de él y, de paso, de todos los investigadores que él había traído. Yo incluido.

Me fui de Abu Dhabi sin rencor. Había ahorrado lo suficiente para una larga temporada y me llevaba el recuerdo de un desierto inhabitable donde los petrodólares obraron el milagro de hacerme sentir, por unos años, un pionero cuántico en un sótano de lujo.



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