FUGA DE KAMKOLE
O de cómo el Swahili me salvó del Karma Administrativo
Instalarse en la Woxsen University fue como intentar leer el "Ulises" de Joyce puesto de ácido: una experiencia inmersiva, fascinante y absolutamente ininteligible. Hyderabad no es una ciudad, es un organismo multicelular que respira polución y exhala especias. Allí aprendí que en la India el "sí" significa "quizás", el "quizás" significa "no" y el "no" es una palabra que simplemente no se pronuncia por cortesía, prefiriendo en su lugar un balanceo de cabeza que te deja con la misma certeza que un horóscopo de revista gratuita.
A los tres meses, mi idilio con los gestores del campus se fue al traste. Había más política en el departamento de contabilidad que en el Kremlin de los años setenta. Decidí que mi salud mental valía más que aquel sueldo de rajá moderno y cometí el error fatal, el pecado original del expatriado: fui legal.
- Dr. Goliardo, me susurró una voz interna que sonaba sospechosamente a mi conciencia tras tres cervezas Kingfisher, no presentes la carta de dimisión con preaviso. Coge tu maleta y desaparece como un truco de magia barato.
Pero no. Mi ética occidental, esa pesada losa judeocristiana, me obligó a enviar la renuncia el 31 de diciembre, estipulando mi salida para el 12 de enero. Error de principiante. En Woxsen, la honestidad es interpretada como una declaración de guerra.
En cuanto el correo electrónico llegó a la bandeja de Recursos Humanos, la universidad se transformó en una versión hindú de 1984. Empezaron a circular bulos sobre mí que ni en los tabloides británicos: que si me había vuelto loco, que si pretendía robarme un prototipo de tandoori cuántico... El objetivo era cristalino: hacerme la vida imposible para ahorrarse el finiquito.
El 1 de enero llegó mi mujer. Ella esperaba una bienvenida con guirnaldas de caléndula y se encontró con un operativo de extracción digno de la CIA. Trabajé hasta el día 2 bajo miradas de soslayo que habrían derretido el plomo, y luego, en un alarde de optimismo antropológico, nos largamos a Goa, aprovechando que el decano me habia concedido previamente una semana de vacaciones.
Ah, Goa. El sol, la arena, la promesa de una paz que duró exactamente tres días. Al cuarto día, mientras contemplaba el mar con un coco en la mano, mi móvil vibró con la furia de un dios védico cabreado.
MENSAJE DE LA UNIVERSIDAD: "Debe abandonar el campus de Woxsen inmediatamente. Su presencia es considerada no grata. Vuelva y desaloje".
- Cariño, le dije a mi mujer, parece que nuestras vacaciones de una semana se han convertido en un tour de mudanza urgente. El karma ha hablado, y tiene el tono de voz de un burócrata de Kamkole.
Regresamos, recogimos los bártulos bajo la vigilancia de guardias que me miraban como si fuera a esconder el edificio en la maleta, y nos refugiamos en Hyderabad. El día 12, el acoso alcanzó niveles sinfónicos. Querían el portátil, las llaves, la acreditación y, lo más importante: mi presencia física. Querían que fuera al campus para una "entrevista de salida".
En el argot corporativo indio, una "entrevista de salida" es el equivalente a pasar por el garrote vil mientras te preguntan si tienes alguna sugerencia para mejorar la ergonomía de las sillas.
- Ni hablar, le dije a la pared de mi habitación de hotel. Dr. Goliardo no vuelve a la guarida del lobo.
Hice lo que cualquier persona razonable con un pasaporte en vigor haría: mentir como un bellaco. Dejé todo (portátil, llaves, orgullo) a cargo de mi secretaria (santa mujer, que Alá la bendiga) y les envié un mensaje cargado de una solemnidad exquisita:
- "Estimados señores, mi agenda está algo saturada por el traslado. Quedamos el viernes día 16 en el campus para la entrevista y la firma de documentos. Allí nos veremos".
Mientras el responsable de Recursos Humanos afilaba su bolígrafo para el viernes, yo estaba haciendo algo mucho más productivo: comprar un billetes para Kenya con fecha del día 14.
El día 15 aterricé en Diani. El contraste es casi grosero. En lugar del caos polifónico de Hyderabad, me encontré con el susurro de las palmeras y un mar Índico que, aunque es el mismo que el de Goa, aquí parece haber tomado valium.
El viernes 16, a la hora señalada para mi "ejecución administrativa" en Kamkole, mi móvil volvió a sonar. Era la Universidad de Woxsen. Me imagino al tipo de RR.HH. con su corbata impecable, mirando el reloj, con el aire acondicionado a toda potencia, preguntándose dónde diablos estaba el profesor.
No contesté. ¿Para qué? Las explicaciones son para la gente que piensa volver.
Ahora, mientras escribo esto desde la terraza de unos amigos en Diani, mi mayor preocupación no es el preaviso de un contrato leonino, sino distinguir entre el "Jambo" y el "Habari gani". He pasado de los algoritmos y las intrigas universitarias al estudio del swahili. Es un idioma hermoso: cuando dices "Hakuna Matata", no es solo un eslogan de Disney, es la pura verdad cuando tienes un océano de por medio entre tú y tus antiguos jefes.
Como dijo Dr. Goliardo: «La mejor forma de cerrar una etapa es abrir un mapa y señalar el lugar más alejado posible de la oficina de Recursos Humanos».

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