LA EXPERIENCIA WOXSEN

 

El Retorno del Guerrero (A las Tierras de las parameras de Molina)

Tras el inesperado final en el Quantum Research Centre (QRC) de Abu Dhabi, mi regreso a España no fue precisamente el de un conquistador. Imagínense el cuadro: un servidor, el Dr. Goliardo, acostumbrado a lidiar con cúbits, presupuestos multimillonarios en petrodólares y el aire acondicionado a dieciocho grados, de repente se encuentra en Anguita. Para quienes no tengan el placer de conocer esta joya de la España vaciada, Anguita es un lugar donde el tiempo no corre, se arrastra. Situado en el corazón de la península, allí el silencio es tan denso que puedes cortarlo con una navaja de Albacete.

Mi estado era lamentable. La forma en que nos echaron al director y a todo su séquito, de un día para otro, sin más explicación que un encogimiento de hombros árabe, me había dejado el alma en hilos. Me encontraba en esa fase que los psicólogos llaman "jubilación traumática", pero que en mi pueblo se llama "estar más perdido que un pulpo en un garaje".

Me levantaba a las seis de la mañana por inercia profesional. Me ponía el traje —sí, el traje de los congresos en Boston— para ir a por el pan. Vivia solo y cuando venian visitas me miraban con una mezcla de lástima y pavor mientras yo organizaba el inventario de la despensa usando hojas de cálculo de Excel con macros complejas. Estaba a un paso de instalarle un acelerador de partículas al moto de mi primo solo por tener algo que calibrar.

Fue entonces cuando, entre el olor a estiércol y el aroma del café de puchero, sonó el teléfono. Era Pep Lluís.

La Llamada del Destino (O de Hyderabad)

Pep Lluís era el Decano de la Escuela de Tecnología de la Woxsen University. Estaba en Kamkole, un lugar cerca de Hyderabad que suena a mantra pero que huele a tubo de escape. Ya me había tentado antes para ser catedrático, pero yo, perro viejo de la UAB, no quería saber nada de tizas, pizarras y alumnos preguntando si "eso entra en el examen". Trenta años en la Autónoma de Barcelona habían sido suficientes para cubrir mi cupo de paciencia pedagógica.

Pero esta vez el cebo era distinto. Pep quería volver a España (seguramente para recuperar el sentido del gusto tra un año de especias abrasivas) y la universidad necesitaba un nuevo Decano. Ser el "Capo" de una escuela con más de 2000 alumnos, en un país que se vende como el nuevo Silicon Valley pero con más vacas en la calzada... Aquello me pareció la guinda perfecta. Un último baile. El Dr. Goliardo, el gran investigador y gestor científico, el hombre que domó los átomos en el desierto, iba a poner orden en la selva tecnológica india.

La Entrevista: Un Trámite para Ciegos

La entrevista fue un sainete. Yo esperaba un interrogatorio sobre mis líneas de investigación, mi visión sobre la computación cuántica o mis estrategias de captación de talento internacional. Nada de eso. Los indios, en su infinita practicidad comercial, me hicieron preguntas dignas de un test de revista de sala de espera. No les importaba si yo sabía la diferencia entre un entrelazamiento cuántico y un nudo de corbata.

Me propusieron ir unos meses como catedrático antes de que Pep se marchara, para luego heredar el trono. Cuando llegó el momento de hablar de "la pasta", fui directo: - Quiero cobrar lo mismo que mi colega el actual decano. Al menos eso.

Ellos asintieron con esa cadencia de cabeza tan característica: un balanceo lateral que puede significar "sí", "no", "tal vez" o "estoy pensando en qué voy a cenar". Como buenos indios, aceptaron sin pestañear. Pero claro, en la India, decir que sí es solo el inicio de una negociación que nunca termina. No tenían la menor intención de pagarme eso, pero en aquel momento, bajo el sol de Anguita, yo solo veía elefantes de colores y palacios de sándalo.

El Sueño Místico contra la Pesadilla Consular

Me puse a soñar. Me imaginaba en un ashram, levitando mientras diseñaba algoritmos, rodeado de una multiculturalidad meditacional y yogui. Visualizaba una India espiritual, un remanso de paz donde mi sabiduría europea sería recibida con pétalos de loto.

El primer bofetón me lo dio el Consulado Indio. Aquello era una sucursal del inframundo administrativo. Estaba lleno de indios haciendo cosas de indios: esperar, gritar, rellenar formularios que se perdían en dimensiones paralelas y volver al día siguiente. Tardé dos meses y cinco visitas para conseguir un visado que parecía más un indulto que un permiso de trabajo.

Aun así, me fui para allá como un colegial. Lleno de sueños de éxito, con mi maleta llena de camisas de lino y mi ego bien inflado.

Bienvenidos a la Cárcel: Woxsen University

El choque con la realidad fue brutal, un impacto frontal contra un muro de hormigón pintado de colores brillantes. Woxsen es una universidad privada. Y en la India, "privada" significa "el dueño quiere recuperar su inversión ayer".

El campus está a 80 kilómetros de Hyderabad. Suena a poco, pero en tiempo indio son dos horas largas de saltos sobre baches, esquivar tuktuk suicidas y encomendarse a Shiva cada vez que el conductor decide adelantar en una curva sin visibilidad. El campus es una cárcel de lujo. Una vez que entras, no sales. La comida de la cantina es un ciclo sin fin: arroz con cosas picantes, cosas picantes con arroz y, los domingos, cosas más picantes con arroz de otro color.

Me pasé el primer mes preguntándome qué narices hacía allí. Si no me largué al tercer día fue por Pep Lluís. No podía dejar tirado a mi amigo, el hombre que me había sacado de las garras de la depresión anguiteña. Pero la estructura de la universidad era para echarse a temblar.

El Vicepresidente y su "Iniciativa Estratégica"

La cabeza pensante era el Vicepresidente (VP). Un hombre que controlaba hasta la última iniciativa del staff y el ultimo post publicado sobre la Universidad. El VP vivía en la ciudad, en un apartamento lujoso con su mujer, pero curiosamente pasaba algunas noches en el campus. ¿El motivo? El trabajo "estratégico".

Y el trabajo estratégico tenía nombre y apellidos: la “Head of Strategic Initiatives & Growth”. Digámoslo de forma goliardesca para que se entienda: al VP le interesaba mucho más el "crecimiento" de las curvas de su directora que el crecimiento académico de la institución. Pasaban horas en despachos de cristal discutiendo "iniciativas" que nadie veía, mientras el resto del campus olía a incienso y sospecha. Varios días a la semana, el VP decidía que volver a casa era un esfuerzo innecesario cuando podía quedarse a repasar la "estrategia" con su mano derecha (y el resto de sus extremidades).

El Woxsen Agentic Lab: Construyendo sobre Arena

Intenté ser profesional. Me dije: "Goliardo, vas a levantar esto". Me dediqué a crear el Woxsen Agentic Lab. Diseñé líneas de investigación, busqué colaboradores, intenté estructurar departamentos con sentido común.

Hasta ese momento, la universidad era el reino del caos. Un profesor de literatura podía estar dando "Estructura de Datos" simplemente porque el día anterior se había leído el índice de un libro. No había áreas de conocimiento, solo parches. Profesores que jamás habían oído hablar de la teoría de grafos intentaban explicar algoritmos de búsqueda a alumnos que sabían más que ellos (lo cual no era difícil).

La Ciencia de Ficción: ChatGPT y Patentes de Humo

Pero lo más sangriento era la investigación. Allí nadie hablaba de resolver problemas, de retos científicos o de avanzar el conocimiento humano. Solo importaba el número. - ¿Cuántos artículos has publicado este mes?, me preguntaban, como quien pregunta cuántos tornillos has fabricado en una cadena de montaje.

Si no investigas, es difícil publicar. Pero la India es el país de los milagros. Con la ayuda inestimable de ChatGPT y una red de revistas internacionales de "Q1" (pero con un impacto real cercano a cero), los profesores producían artículos sobre temas completamente irrelevantes. Títulos pomposos que no decían nada, llenos de verborrea generada por IA que pasaba los filtros de editores que, probablemente, también eran robots o estaban cobrando bajo cuerda.

Las patentes eran otro chiste. La universidad presumía de tener cientos de patentes. Al investigar un poco, descubrí que menos del 1% estaban activas o producían algún tipo de royalty. Eran patentes sobre "un método para mover una silla sin que haga ruido" o "un sistema de ventilación basado en abanicos de cartón". Papel mojado para inflar las estadísticas y engañar a los inversores.

Y luego estaban las tesis doctorales. Asistí a una defensa que me dejó el alma a los pies. Lo que allí se presentaba como una tesis doctoral en España no habría pasado como una disertación  de máster. ¿Cómo podía ser? Sencillo: el revisor externo es un señor al que se le paga una "dieta" generosa y se le invita a una comida de lujo. El resultado es un aprobado por aclamación y un nuevo "Doctor" que no sabe distinguir un bit de un byte.

El Desengaño Salarial y el Plan B

Al decano le gustaban mis propuestas. Él veía que yo estaba intentando poner orden en aquel manicomio. Pero los gestores superiores, los que manejaban la calculadora y vigilaban el "trabajo estratégico" del VP, empezaron a ponerse nerviosos. Seis meses les parecía una eternidad para obtener beneficios. Ellos querían resultados inmediatos: más alumnos, más ruido, más patentes de cartón.

Empezaron a urdir un plan alternativo. Convencieron a Pep para que se quedara seis meses más (probablemente le prometieron algo que tampoco iban a cumplir) y a mí vinieron con la "gran oferta": querían que fuera Vicedecano bajo las órdenes de mi amigo.

Tuvimos la reunión definitiva. Yo, que ya me veía venir la jugada, saqué el tema del salario. - Recordemos nuestro acuerdo de verano, dije, tratando de mantener la compostura. Mi sueldo debe ser igual al de mi colega el Decano.

El esbirro del VP me miró con esa sonrisa aceitosa que precede a la traición. Me dijo, sin anestesia, que lo acordado en verano "ya no era válido". Que las circunstancias habían cambiado, que el mercado era volátil y que me quedar con el sueldo de catedrático que tenía... y que no pensaban subirlo en todo el año.

La Decisión del Dr. Goliardo

En ese momento, sentí una extraña claridad. Miré por la ventana del despacho. Fuera, el calor era importante, el campus parecía una maqueta de Lego bajo un sol radiante y el aire olía a comida frita y a ambición barata.

Había pasado tres meses intentando construir un centro de investigación serio en un lugar que solo quería un decorado de cine. Me había habituado a la comida que me quemaba las entrañas, a la soledad de Kamkole y a vivir en una cárcel dorada a dos horas de la civilización. Estaba ilusionado con mis proyectos, sí, pero la dignidad es una constante que no se puede dividir por cero.

La decisión me costó muy poco. La experiencia había sido buena para conocer la India y a sus gentes (que son maravillosas, a diferencia de sus gestores universitarios), pero no me quedaba nada más que hacer allí. No iba a ser el vicedecano de una mentira.

Salí de la reunión, busqué a Pep Lluís para comentar la jugada (y darle el pésame) y me fui a mi habitación a pensar en la proxima estación. No me llevé sándalo, ni túnicas, ni paz interior. Me llevé una experiencia nueva y la certeza de que mi siguiente destino no tendría nada que ver con la academia.

Cómo logré salir de aquel campus sin que me confiscaran el pasaporte y cómo terminé aterrizando en las playas de Kenya, huyendo de los LLMs y los agentes inteligentes para abrazar el Índico, es una historia que merece ser contada con una cerveza fría en la mano y la arena entre los dedos.




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